Sin miedo a la muerte
Una manera contra-intuitiva de disipar el miedo primigenio.
Hoy os escribo sobre una de las experiencias más difíciles y empoderadoras que he vivido. A las puertas de la selva de Malasia, sin haber empezado aún los tres días y dos noches de aventura que me esperaban por delante, me encontré con una de las noches más duras de mi vida, y con un amanecer que se siente a renacer.
La lluvia caía con fuerza, el suelo temblaba, y yo estaba solo, muerto de miedo.
«¿Por qué tienes miedo? No va a pasar nada», me repetía a mí mismo una y otra vez.
Y, en lugar de tranquilizarme, eso lo empeoraba todo.
Sí, analizado racionalmente, las probabilidades de que ocurriera algo malo eran ridículamente bajas. Pero tratar de imponer buenas razones sobre lo mis emociones se sentía más como un castigo que como un alivio.
Intenté dormir. Hice ejercicios de respiración para calmarme. Utilicé todos los trucos que conocía para sentirme más seguro y protegido… Pero nada funcionó.
Estaba completamente en alerta, con el sistema nervioso en modo lucha-huida, saltando ante el más mínimo ruido.
Durante años, mi principal forma de afrontar el miedo fue aplicar la perspectiva del entrenamiento: exponerse a cierto nivel de estrés y, con el descanso adecuado, el cuerpo se adapta, sobrecompensa y supera el miedo. De hecho, este se convirtió en la principal manera en la que afrontaba desafíos y dificultades de todo tipo. Para mejorar mis resultados deportivos, cuando trabajaba en proyectos que me apasionaban, cuando quise superar mi timidez infantil, cuando exploré otras culturas y lugares hermosos del mundo…
Pero esta vez era demasiado.
Mi impulso interno de “crecer” exponiéndome a lo difícil estaba jugando en mi contra. Mi razonamiento había decidido cómo debía verse lo “difícil” y mi ego no quería aceptar que estaba asustado, que era demasiado para mí, que no podía sostener eso que “no era para tanto”.
Pasaron varias horas y nada cambió. Seguía solo, sin poder dormir y, si acaso, me sentía peor. Asustado, nervioso, vulnerable y desesperado, solo podía prever una noche larga y agotadora por delante.
«Deja de castigar a tu niño. Escucha lo que necesita». Las palabras de una persona sabia me atravesaron.
Entonces comprendí que era mi niño interior quien estaba llorando y gritando desesperado, mientras mi ego lo torturaba con argumentos racionales, intentando forzar sus necesidades para que encajaran en su propia autoimagen.
Cuando entendí lo que estaba ocurriendo, se creó un pequeño espacio, y mi diálogo interno cambió:
—No te preocupes, estoy contigo, no va a pasar nada —intentó “consolar” mi ego.
—No me trates como a un idiota. No intentes calmarme diciendo que no va a pasar nada —respondió mi niño, enfadado—. Cosas malas pasan todo el tiempo, y no puedes saber con certeza que no va a ocurrir nada.
—Tienes razón… —dijo el ego mirando hacia abajo, aceptando con humildad—. Cosas malas pasan todo el tiempo, pero… ¿qué quieres que te diga? —añadió reconociendo su impotencia.
—¡Deja de intentar convencerme de nada! ¡Dime la verdad y quédate conmigo, eso es todo! —gritó mi niño, como si ya lo hubiera repetido millones de veces.
—Vale… lo entiendo… —dije mientras empezaba a llorar—. Yo también tengo miedo… tengamos miedo juntos.
—Sí, por favor —respondió el niño, aliviado.
—Perdón por haberte fallado tantas veces. Perdón por intentar forzar tus sentimientos… Estaba siendo un tirano —dije sollozando—. No sabía qué hacer. A partir de ahora estamos juntos, y si ocurre algo horrible, lo afrontaremos juntos.
Fue entonces cuando todos empezamos a llorar: mi ego —o lo que sea lo fuera aquello— mi niño y, por primera vez, también pude reconocer a mi adolescente interior. No eran lágrimas de desesperación, sino de reencuentro, que dieron paso a una sensación de hogar y a la certeza de que nunca más estaría solo.
Y con un abrazo interno firme y cuidadoso al mismo tiempo, me quedé dormido casi al instante.
Los días siguientes, mientras mi aventura continuaba, mi relación interna siguió mejorando. Estar solo, en situaciones incómodas e incontroladas, fue una gran manera de hacer aflorar y observar mis miedos más profundos. Con el paso de los días, empecé a detectar antes cuándo mi viejo patrón asomaba la cabeza y, cada vez, fui mejorando mis conversaciones internas y mi manera de amarme.
A la vuelta de la selva, caminando por las calles de Kuala Lumpur, durante un corto periodo de unos 5 minutos, tuve una de las sensaciones más empoderadoras que he vivido nunca: caminaba diferente, más entero, con seguridad, pero sin arrogancia, utilizando diferentes patrones de movimiento, con dirección, mi visión y mis sensaciones eran increíbles y todo ocurría como si me moviese dentro de un túnel, como si la vida se abriese gustosa delante de mí.
No porque hubiera controlado la situación.
No porque hubiera conseguido más recursos.
No porque había aguantado lo que nunca.
Todo por un sutil cambio en mi diálogo interno que me llevó a encontrar una nueva manera más completa de amarme.
Desde entonces, ya no muero solo.
Y eso lo cambia todo.



Norberak berarekiko egin behar duen lana, esperientzia bikaina argumentua ulertzeko.
Guraoei, seme-alaben sentimenduekin asko gertatzen zaigu! sentimenduekin lagundu eta enpatia gehiago euki beharko genuke orokorrean.
oso ona!