Más allá del cargacentrismo
Rompiendo con la visión lineal del crecimiento y la adaptación.
Estímulo apropiado + descanso apropiado = mejora.
Así podría sintetizar uno de los principios fundamentales del entrenamiento. Y quizá también del crecimiento.
A pie de calle, la interpretación más superficial de este principio suele aparecer en comentarios como: “Mejor que tu hija vaya a la guardería, esté expuesta a muchos bichos y enferme para que así desarrolle inmunidad y sea fuerte”.
Claro, cuando toca día de pesas y queremos ponernos fuertes, subimos la carga de manera progresiva a lo largo de semanas, meses y años. Tiene sentido, ¿no?
Cualquiera que haya entrenado de una manera consistente durante un tiempo considerable lo sabe. Llevado al extremo y sin matices, esta manera de funcionar se convierte en una estupenda manera de lesionarse o estancarse.
Y no creas que este error es uno que cometen solo los entrenadores novatos. Me viene a la cabeza un puñado de entrenadores cuyo entrenamiento no es más que un constante intento de introducir, cual comida de pato para hacer paté, la máxima densidad de entrenamiento que su atleta pueda tolerar, complementándolo con otras tantas horas de ejercicio de “prevención” y fortalecimiento, y con regulares sesiones de fisioterapia que ayuden a parchear el cuerpo y seguir tirando.
La solución tampoco es entrenar ejercicios superespecíficos con mucho descanso por creer que este es el estímulo de mayor calidad. Esta no es más que la otra cara de la misma moneda. Volumen, intensidad y densidad, periodizados de general a específico. Todo mirado desde el punto de vista de correr más o menos, más rápido o más lento, con más o menos descanso.
Cinco variables a controlar por un entrenador que sigue teniendo una mirada unidimensional del tipo de estímulo que introduce.
Durante algunos años, creí que la solución estaba en encontrar un mejor compromiso, y que podría mejorar los entrenamientos si conscientemente consideraba todas las variables importantes que influían en el rendimiento y las introducía de manera progresiva y coherente entre ellas.
Velocidad máxima, capacidad aeróbica, técnica de carrera, fuerza máxima, potencia láctica, aceleración, resistencia a la velocidad… eran algunas de las muchas, interconectadas y a veces incomparables categorías que intentaba controlar.
Menudas comidas de cabeza me pegaba.
Sin duda, hacer el trabajazo de estudiar, listar e integrar de manera coherente variables altamente influyentes y aterrizarlas en la intención del día fue un gran avance. El mero ejercicio de reflexionarlo y plasmarlo en papel desde cero ya me dio un entendimiento de la complejidad del asunto que antes desconocía.
Pero seguía sin darme cuenta de que seguía funcionando bajo el mismo paradigma: una versión más matizada de una perspectiva cargacentrista.
Como si el cuerpo humano y la vida fueran un único camino lineal y no existiesen una infinidad de posibles caminos de adaptación, más o menos óptimos para diferentes estímulos, contextos y prioridades.
Por suerte, me lesioné gravemente y, en combinación con mi profundo deseo de obtener respuestas, pude darme cuenta de que un “estímulo apropiado” poco tiene que ver con carga máxima tolerable, carga óptima ni cualquier otra filosofía de este estilo.
Así pude descubrir que el problema no era encontrar la carga adecuada.
Era entender algo mucho más profundo sobre cómo se adapta realmente el cuerpo humano.
Algo que modificó mi forma de ver el deporte y el ser humano.
Pero eso merece su propio texto.
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Mil gracias.
Abrazo,
Urtats



Escuchar a tu cuerpo te permite crear una rutina de ejercicios segura, efectiva y sostenible. No se trata de entrenar más duro, sino de entrenar de manera inteligente.