De algo hay que morir, ¿no?
Una conversación sobre lesiones, riesgo y telescopios gigantes que me enseñó un truco valioso para tomar decisiones difíciles.
Antes de empezar con el post de hoy, quiero compartirte un par de avances.
He ido viendo que el chat grupal y los comentarios no estaban generando el tipo de conversaciones que me gustaría que ocurrieran: conversaciones abiertas y reflexivas entre personas interesantes.
Pero tiene sentido que sea así.
Abrirse de verdad delante de gente a la que no conoces, no ves la cara y ni sabes cuántos ojos miran… no es ni fácil ni natural.
Además, el propio formato empuja a otra cosa, mensajes cortos y reacciones.
Y el tipo de reflexión, conversación y relación que quiero facilitar necesita algo distinto. Más intimidad, más tiempo y más humanidad.
Por eso, he decidido hacer dos cambios:
A partir de ahora, los comentarios y el chat estarán abiertos para todos.
Como hasta ahora, seguiré atento a responder siempre que te apetezca compartir algo. El qué, lo dejo en tus manos.
Y para los suscriptores de pago: abro mi email.
Si algo de lo que escribo te mueve y quieres compartirme una reflexión, un ajá personal o hacerme una consulta, solo tienes que responder a un post que te haya llegado al correo.
De momento no pongo límites a las veces que puedes escribirme. Si un día veo que no puedo sostenerlo o necesito cambiar algo, ya te lo haré saber.
Como siempre, gracias por tu granito de arena.
Y espero que disfrutes del post de hoy, que nace precisamente de una conversación con una persona especial.
Alguien al que tengo mucho aprecio se encontraba en una encrucijada.
Se le presentaba una competición emocionalmente muy motivadora, junto a un dolor que le hacía dudar de si estaba preparado para competir sin lesionarse
“¿Tu que harías?” me preguntó.
Hacía ya unos años que yo ya no era su entrenador y, sin información de su contexto de entrenamiento, su estado estructural y más detalles sobre cómo se originó, los riesgos y la evolución de su dolor, le dije:
“No estoy en tu cuerpo y no tengo detalles internos, pero una pregunta si puedo hacerte: ¿en qué cuesta quieres morir?”
¿A qué te refieres? - me respondió.
…
…
…
Unas horas más tarde, me llegó la respuesta en forma de un recuerdo de una historia pasada:
Hace años, estábamos trabajando para pujar por diseñar, fabricar y montar el domo de el ELT, el telescopio más grande del mundo que está actualmente siendo construido en Chile, a ~3000 metros de altura en el desierto del Atacama.
Coincidía con una época en la que yo empezaba a leer sobre riesgo, incertidumbre, toma de decisiones y ese tipo de historias por las que había desarrollado un gran interés.
Y algunos conceptos como “si quieres tener éxito primero necesitas sobrevivir” fueron ideas que se me quedaron grabadas, sobre todo por el lugar desde el que se formulaban:
Una humildad y profundidad intelectual que permitía entender que los efectos de segundo, tercer y “n” orden que la vida tiene, que los desconocidos desconocidos, pesan mucho más que cualquier camino recto que nuestras mentes suelen querer trazar para explicar un camino entre un punto A y un punto B.
Especialmente, en proyectos de gran complejidad como el que teníamos entre manos.
Y, en cambio, lo que veía en mi trabajo chocaba con esto. O, al menos, eso creía.
Éramos un departamento pequeño dentro de nuestra empresa. Los que hacíamos cosas raras (y divertidas) como telescopios, bancos de ensayos y otro tipo de robots no humanoides XD.
Para algunas personas del departamento, este proyecto era el sueño de una vida.
Para nuestra empresa, podía ser un proyecto que nos diese grandes beneficios y reconocimiento o hundirla.
Al fin y al cabo, estamos hablando de montar un telescopio gigante, con unos requisitos que nunca antes en la historia se habían planteado, en la punta de un desierto, donde nisiquiera se había construido aún el acceso.
Todo ello con unos requisitos financieros muy por encima de lo que el departamento y la empresa solían asumir.
Es decir, un proyectazo guapísimo, con infinitas cosas que pueden salir mal y consecuencias potencialmente desastrosas.
Y a mí, me chocaba la actidud y disposición de mi empresa y mis compañeros a tomar un riesgo tan grande.
“¿Acaso no eran conscientes de la liada que podría ser?”
No podía ser eso… había visto a mis compañeros sacar adelante proyectos altamente complejos y manejarse con naturalidad y efectividad ante los imprevistos.
Todas mis dudas se disiparon en un comentario casual e inesperado que uno de los jefes hizo cuando salieron de una reunión de finanzas con un posible aliado.
“De algo hay que morir, ¿no?”
Entonces lo entendí todo.


