Una aventura dentro de una aventura
El precio de una fuerza de voluntad infinita.
Cada semana que pasa el microlibro se acota más.
Empecé hablando de cómo empezar de cero, como emprender siendo polifacético, luego de una carrera profesional polifacética, de y ahora de una fuerza de voluntad inquebrantable.
Aventuras dentro de aventuras, subconjuntos dentro de subconjuntos, que voy descubriendo que necesitan ser contados para entender el todo con el que algún día lo conectaré.
No sé si esta será aún una versión suficientemente atómica, o mejor dicho, ramificada, como para que encaje en la estructura del microlibro. Lo que sí espero es que disfrutéis este aperitivo que os muestro hoy:
No sé si lo tenía.
Pero quería tenerlo, decía que lo tenía y creía que lo tenía.
Así que… lo acabé teniendo.
Esta es la historia de una fuerza de voluntad inquebrantable, construida a base de entusiasmo, pasión y también obsesión. Frenada solamente por la imposibilidad física de mi cuerpo.
Bendito muro con el que choqué, gracias al que pude ver un mundo completamente nuevo a explorar.
Cap. 1: el precio de una fuerza de voluntad inquebrantable
En una juventud fresca, cuando las articulaciones eran elásticas y reactivas, y mi deseo tan gigantesco como rígido, no hacía caso a mis sensaciones corporales ni a mis emociones.
De hecho, me recuerdo diciendo que las emociones eran algo a pasar por encima, algo a ignorar.
Bueno, en realidad, solo me refería al dolor, la tristeza y ese estilo de emociones incómodas a las que, por algunas razones que descubriréis y otras que aún ni sé, les había metido en la lista negra por creer que no eran productivos y se interponían en el camino hacia mis objetivos. Objetivos habitualmente establecidos exclusivamente desde la imaginación y la proyección.
En resumen, me comportaba como una especie de Mr. Wonderful masoca XD.
Aprendí la lección por la fuerza.
Telescopios en el paraíso
Al salir de la uni, dediqué un tiempo a buscar trabajos que me hiciesen, al menos, algo de tilín según mis estándares e intereses de aquel momento.
Y después de dar algunas vueltas que seguro querré contarte en otra ocasión, encontré un trabajo que parecía solaparse con uno de mis muchos intereses de mi juventud: la astronomía.
Empecé de prácticas ayudando a diseñar una pieza para un telescopio del observatorio del Teide, en Canarias, ¡menuda manera de empezar! Y con una buena dosis de suerte y algo de buen hacer, en poco tiempo me encontré en la punta de un volcán de Hawaii ayudando a montar el telescopio solar más grande del mundo (link).
Si mi niño de 8 años me viera…
La carnicería
En aquel momento no lo entendí muy bien.
El día que me hicieron fijo, mi jefe, un apasionado de la astronomía y un ingeniero al que respetaba y respeto mucho, me dijo de medio broma: “no sé si darte la enhorabuena o el pésame”.
Yo no me enteraba de mucho, pero, al parecer, entre ingenieros, la empresa en la que trabajaba tenía fama de carnicería.
Una de esas donde se contratan como churros jóvenes necesitados de experiencia, para exprimirles energía con proyectos con requisitos incumplibles en horarios de trabajo razonables, hasta que en unos años se marchan a otro sitio donde el trabajo, en comparación, les es más fácil.
Tal vez mi departamento no era para tanto. O tal vez yo no conocía otra forma.
El veneno
Desde pequeño me han interesado muchas cosas.
Generalmente, muchas más cosas de las que sabía que iba a poder hacer en esta vida que he considerado demasiado corta. Es más, diría que no arrastrarme a mí mismo a perseguir hacer demasiadas cosas en la vida, acabar sobre-optimizándola y dejando de saborearla ha sido, y a veces aún es, uno de mis mayores retos personales.
Pero, aunque puedo reconocer este entusiasmo en mí desde pequeño, hubo dos proyectos que siento que fueron un punto de inflexión y me metieron el veneno hasta dentro.
Formula Student y el atletismo.
Vomitar semanalmente
Con 20 años dejé el fútbol que tanta alegría me había dado para probar atletismo. En concreto, las pruebas de 100 y 200 metros lisos que tanto me fascinaban.
Llevaba ya 5 años entrenando, primero tres días a la semana, luego cuatro, luego cinco y ocasionalmente incluso seis días a la semana, con entrenamientos que podían alargar más allá de las tres horas.
El año anterior, me había quedado a las puertas del objetivo que me había puesto bastante aleatoriamente cuando empecé: bajar de 11 segundos en los 100 metros lisos. Para mí, romper la barrera de los 11 segundos era ser un “buen velocista” y esa temporada no tenía ninguna intención de levantar el pie.
Es más, estaba especialmente motivado porque, Orkatz Beitia, mi ídolo local y récord de Euskadi de 100 metros iba a ser mi entrenador.
¿Que tenía que compaginar estos entrenamientos con el trabajo de ingeniería?
No es que no me preocupase, es que ni se me pasaba por la cabeza que fuera algo que pudiera impedirme conseguir mis objetivos.
Desde septiembre hasta mayo mi rutina tenía esta pinta:
Trabajar de 9 a 18:00 (si no había entrega y me tenía que quedar a currar hasta tarde cagándome en todo por dentro porque no entrenaba ese día).
Entrenar de 19:00 a 22:00, cuando literalmente apagaban las luces de la pista y me echaban del polideportivo y los domingos colapsaba en el sofá.
Con aproximadamente una pota semanal postentreno láctico.
7 cm de agujero
No llegué a julio (fin de temporada).
Bueno, en realidad sí llegué, pero no en el estado que hubiese deseado.
En mayo, en una de las primeras competiciones importantes, cuando estábamos bajando cargas de entrenamiento y tocaba empezar a volar… partí el isquio con una rotura en cremallera de 7 cm.
Llorando, decía que sería una contractura fuerte.


