Tranquilo, nada está bajo control
Liberarse del intento de controlar lo que otros piensan de ti.
Muy injusto.
Muy asqueroso.
Me gusta dar el beneficio de la duda.
No me gusta sacar conclusiones precipitadas.
Pero tantos ecos, desde tantas direcciones, por diferentes medios, apuntando al mismo sitio… sugerían algo que me resultaba muy doloroso.
Una persona querida parecía sostener y alimentar a mis espaldas unas narrativas sesgadas sobre mí que me habían dificultado considerablemente la vida.
Muy probablemente, lo hizo desde la semiinconsciencia y desde un intento de buscar en el acuerdo con otros su propia validación personal y la tranquilidad de no sentirse villano por algunas de sus acciones. Pero saber de su inconsciencia no aplacaba mi tremendo enfado. Las consecuencias de sus actos me los comí y sigo comiendo.
Mi primer impulso fue pensar en escribirle y preguntarle directamente sobre el tema, para tratar de confirmar que mis sospechas eran ciertas.
Pero algo me hizo dudar.
Tal vez recordar las veces que decisiones parecidas no me han salido bien.
Tal vez la voz de alguien sabio repetida en mi mente: «¿Intento de control narrativo?».
Tal vez que cada vez tengo más espacio interno.
Por esto o por aquello, se abrió el hueco suficiente para que lo hablara primero con mi compañera, mi bloc de notas.
¿Por qué quiero escribirle?
¿Estoy intentando evitar algo?
Reconocí dos sensaciones incómodas: 1) el miedo real a que la narrativa de ese ser querido me siga dificultando la vida y, sobre todo, 2) la ansiedad por la incertidumbre de cuánto, cuándo y cómo pueda afectarme.
Es decir, estaba intentando regularme emocionalmente por medio de verificar una narrativa. No muy diferente a lo que mi ser querido intentaba conseguir.
¿Quiero entrar en ese bucle que requiere de mí constantemente atención e input para sostener la narrativa que yo quiero? ¿Quiero seguir perpetuando esta manera de funcionar? - fueron las siguientes preguntas que siguieron a mi realización.
Las respuestas son no, no y no.
Creo firmemente que mis energías merecen ser mejor usadas. Pero, más importante que ninguna creencia, es que me niego a volver a funcionar desde el control. Esclavitud que solo puede ofrecer una frágil tranquilidad.
Así, una vez más, abracé el no control.
Y lo abracé muy literalmente:
~Diez minutos tumbado, con mi mano en el estómago, jugando con las distancias y las presiones, siguiendo la sensación, como si tocase esa incertidumbre que quería controlar con acción, hasta que llegué a conectar con un punto muy profundo de mi tripa; sería más o menos a la altura entre mis vísceras y mi columna.
Se estaba gozoso. Y no quise moverme más de ahí.
Para este momento, el miedo y la incertidumbre ya se habían desvanecido.
No necesito controlar nada.
No necesito cambiar lo que opinan de mí.
Y así, paradójicamente, siento control sin controlar.
O tranquilidad que antes siempre iba asociada a control.
Ahora soy libre de sus acciones.
Soy libre de ser arrastrado por mis propias reacciones, automatismos y emociones a un lugar de derroche, pelea y destino cerrado.
¡Ahora! Sí.


