Solo sabía que tenía que exponerme a ser malinterpretado
Un imbécil controlador, una necesidad y la libertad del que le da igual parecer tonto.
Se lo había dicho.
Varias veces, de diferentes maneras.
Pero él seguía controlando el flujo de la información.
Decidiendo por qué canal, cómo y cuánto me llegaba una información crucial que, en cualquier relación sana, tendría que compartirse de manera natural.
Tal vez le daba seguridad.
Lo hacía por resentimiento hacia unos límites que le puse en el pasado.
Por tratarle de igual a igual y no como la autoridad que algunos demandan por haber nacido una generación antes.
Por orgullo.
O por un largo etcétera de creencias y películas que le convenía creer sobre mí para no cambiar una forma de funcionar que, en algún lugar, le satisfacía.
Aunque realmente da igual.
La cosa es que, para tener acceso a la información privilegiada a la que él (y el resto del círculo que le sostenía) tenía acceso, había que pasar por el aro.
Y me jodía.
Me jodía jugar a su juego.
Me jodía aceptar su jerarquía.
Y me hacía daño su respuesta cuando, al tener que preguntarle, usaba su acceso asimétrico a la información para reforzar su autoridad, intentando ponerme por debajo por ignorar precisamente aquello que él se había encargado de ocultar.
Por suerte, hoy me daba cuenta de algo.
Le hice una pregunta que a alguien como él le parecería ingenua.
Una de esas preguntas que parecen obvias, pero que haces porque no quieres juzgar prematuramente algo que prefieres comprobar.
De esas que conceden el beneficio de la duda y que personajes como este suelen aprovechar para auto-absolverse de una acusación que creen que estás insinuando.
Así fue como conseguí toda la información.
Y no creáis que fue estratégico.
O al menos no en el sentido manipulador de quien sabe exactamente qué respuesta va a obtener si dice exactamente las palabras adecuadas.
No tenía ni idea de cuál iba a ser su respuesta.
Solo sabía que tenía que exponerme a ser malinterpretado.
A hacer preguntas.
A tirar del hilo hasta quedarme satisfecho.
Y, al volver a sentir el dolor de ese niño que sistemáticamente recibió burlas, condescendencias o críticas de gente querida cuando hacía preguntas desde una curiosidad que era interesadamente malinterpretada para reforzar el frágil e inflado ego del adulto que escuchaba… me di cuenta de que iba todo esto.
De una oportunidad más para seguir liberándome de las ataduras emocionales que mi hija no heredará de mí.
Y de paso, desarrollar esa indiferencia que no necesita de corazas para ser efectivo con personajes como este.
Un poderoso y liberador abrazo.
Urtats


