Me duele la pierna más que nunca, toca cambio de fase.
Sistemas que saturan, nuevos cuellos de botella, decisiones laborales que se toman solas.
Así de sencillo es mi algoritmo.
Y no digo que sea simple.
Me duele la pierna, o mejor dicho, la cadena que me dolía todas las noches post competición cuando el atletismo de estaba por jubilarme.
Y después de más de diez años escuchándola y entendiéndola, sé lo que significa.
Sé que nace de una rotación interna de cadera poco eficiente y que, al mismo tiempo, es mucho más que musculo-esqueletico-fascial.
Sé que es mi tendencia a activar ese patrón de protección cuando voy haciendo las cosas por pelotas. O cuando me defiendo de cosas dolorosas.
Y se que es tanto todo eso como una manera de estar.
Cuando estoy de pies puede dolerme hasta bloquearme la respiración y el mareo. Y desaparece cuando estoy corriendo a tope como un caballo alegre en la playa con mi familia.
Sé que es otra oportunidad de escuchar al cuerpo. Que tal vez me pida parar. O integrar.
Por medio de sentir este intenso dolor para definitivamente decirle adiós.


