La realidad tenía otra idea de lo que realmente me importa.
Una idea de unas megacortinas, una casa luminosa y una conversación con ella a través de mi cuerpo y mente.
Las cortinas de mi casa son de papel.
Literalmente.
Y no es que no estuviese en mis planes iniciales.
Es que ni siquiera estaba en el espacio de posibilidades que mi mente dibujaba para mi casa.
A mi mente le encanta imaginar una vida rodeada de objetos y tecnologías versátiles que me permitan aprovechar al máximo sea lo que sea que la vida traiga (de ahí mi atracción hacia la idea de viajar por el mundo en un Unimog XD)
Y para las cortinas, imaginaba nuestra casa con unas que se puedan abrir de abajo arriba y también de arriba abajo (sí, realmente existen, no me lo he inventado).
Así, podría aprovechar la maravillosa luz de nuestra casa (donde no tenemos vecinos arriba que nos hagan sombra) y ajustar la parte de abajo a la intimidad deseada en cada momento.
Lo que pasa es que la vida tenía otros planes.
O, mejor dicho, otra idea sobre lo que realmente me importa.
Llevábamos ya ~3 meses viviendo en nuestra nueva casa y aún no teníamos cortinas (solo alguna muy específica).
Era consciente de que era una tarea pendiente, de hecho, estaba por escrito en esa lista de tareas que tanto me calma hacer para liberar mi mente.
Pero ahí estaba, como otras tantas.
En gran parte, porque (aunque no me es muy cómodo entrar en pelotas en el cuarto y que mi desagradable vecino con una cristalera gigantesca en frente de mi ventana me viese XD) había otras cosas que priorizaba resolver por gusto o mayor incomodidad.
Y, a diferencia de mi época “hiperproductiva” ya no empujaba para acabar esa lista que siempre encuentra algo con lo que seguir llenandose.
Otras urgencias y tensiones internas se entrelazaban con (pequeños) espacios calmados, de esos en los que nada se siente como un SÍ súper claro, que usaba para gozar de la vida haciendo lo que me apetece en otros planos: como estar con mi hija, tumbarme boca arriba o hacer ejercicio.
Hasta que llegó su momento.
No recuerdo muy bien qué fue exactamente lo que tenía entre manos. Pero recuerdo que, como en otras ocasiones, algo estaba procesando internamente y cuando se resolvió dejó espacio para lo siguiente.
La falta de cortinas que el día anterior era ligeramente molesto se hizo urgente.
Se lo dije a mi mujer, miramos y profundizamos en algunas opciones que ya habíamos preparado, pedimos algún presupuesto y avanzamos algo… sobre el papel, sin que pareciese que nada se materializaría pronto.
Cuando llegó el primer presupuesto de las supermechacortinas versátiles, resulta que eran un buen puñado de euros y una instalación que requería agujerear unas ventanas prácticamente nuevas.
Y parece que, entre eso, la urgencia acumulada y/o la vida poniéndome al vecino desagradable delante de mi cara todos los días, fue suficiente.
En cuanto saqué un hueco en la apretada agenda de padre, agarré un rollo de papel blanco que tengo guardado en mi rincón para materiales en crudo y con un poco de cinta de carrocero me monté unas cortinas de papel.
Después de eso, me pasé una semana y pico bailando de alegría cada vez que entraba al cuarto (tendrías que ver la cara de mi mujer XD).
Obviamente, las cortinas de papel pegadas a los marcos no tienen tantos grados de libertad como la idea original. Y tampoco son una solución a largo plazo si no quiero estar cambiando celos a menudo.
Pero no parece que lo que te estoy contando vaya de versatilidad y sostenibilidad.
No solo.


