El Tesoro Más Bello

El Tesoro Más Bello

[Esqueleto Micro-Libro 1] Benditas lesiones.

El final de una manera de funcionar, la aventura hacia un mundo más extenso y una mayor integración.

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Urtats
jun 29, 2026
∙ De pago

¡ESTO YA VA COGIENDO FORMA!
Hoy te traigo el esqueleto del primer micro-libro que nace de este proyecto y te quiero pedir tu ayuda.

Una vez que hayas lo hayas leído, me gustaría saber dos cosas:
¿En qué parte(s) del libro te han sabido a poco y te ha apetecido saber más?
¿En que parte(s) del libro crees que no has acabado de entender lo que quería contarte?

Como agradecimiento por tu buen feedback estaré encantado de regalarte el e-book una vez que lo tenga terminado.
De momento, ¡espero que lo disfrutes de esta primera versión!:

En una juventud fresca, cuando las articulaciones eran elásticas y reactivas, y mi deseo tan gigantesco como poco maduro, no hacía caso a algunas de mis sensaciones corporales y emociones.

De hecho, me recuerdo diciendo que las emociones eran algo a pasar por encima, algo a ignorar.

En realidad, solo me refería a algunos dolores, tristezas y otras emociones y sensaciones incómodas a las que, por algunas razones que descubriréis y otras que aún ni sé, les había metido en la lista negra por creer que no eran productivos y se interponían en el camino a mis objetivos.

Aprendí la lección por la fuerza.

Telescopios en el paraíso

Al salir de la uni, dediqué un tiempo a buscar trabajos que me hiciesen, al menos, algo de tilín según mis estándares e intereses de aquel momento.

Y después de dar algunas vueltas que seguro querré contarte en otra ocasión, encontré un trabajo que parecía solaparse con uno de mis muchos intereses de mi juventud: la astronomía.

Empecé de prácticas ayudando a diseñar una pieza para un telescopio del observatorio del Teide, en Canarias, ¡menuda manera de empezar! Y con una buena dosis de suerte y algo de buen hacer, en dos años me encontré en la punta de un volcán de Hawái ayudando a montar el telescopio solar más grande del mundo.

Si mi niño de 8 años me viera…

La carnicería

En aquel momento no lo entendí muy bien.

El día que me hicieron fijo, mi jefe, un apasionado de la astronomía y un ingeniero al que respetaba y tengo mucho respeto, me dijo de medio broma: “no sé si darte la enhorabuena o el pésame”.

Yo no me enteraba de mucho, pero, al parecer, entre ingenieros, la empresa en la que trabajaba tenía fama de carnicería.

Una de esas donde se contratan como churros jóvenes necesitados de experiencia, para exprimirles energía con proyectos con requisitos incumplibles en horarios de trabajo razonables, hasta que, al de unos años, se marchan a otro sitio con el culo pelado y un buen saco de experiencia bajo el brazo donde el trabajo, en comparación, les es más fácil.

Tal vez mi departamento no era para tanto. O tal vez yo no conocía otra forma.

El veneno

Desde pequeño me han interesado muchas cosas. Generalmente, muchas más cosas de las que iba a poder hacer en esta vida que consideraba demasiado corta.

No arrastrarme a mi mismo a perseguir hacer demasiadas cosas —y dejar de saborearlas— ha sido, y a veces aún es, uno de mis mayores retos personales.

Pero, aunque puedo reconocer este entusiasmo en mí desde pequeño, hubo dos proyectos que siento fueron un punto de inflexión y me metieron el veneno hasta dentro.

Bajar de 11 segundos

Con 20 años dejé el fútbol que tanta alegría me había proporcionado para probar atletismo. En concreto, las pruebas de 100 y 200 metros lisos que tanto me fascinaban.

Llevaba ya 5 años entrenando, primero tres días a la semana, luego cuatro, luego cinco y ocasionalmente incluso seis días a la semana, con entrenamiento que se podían alargar más allá de las tres horas.

El año anterior, me había quedado a las puertas del objetivo que (bastante aleatoriamente) me había puesto cuando empecé: bajar de 11 segundos en los 100 metros lisos.

Para mí, romper la barrera de los 11 segundos era ser un “buen velocista” y esa temporada no tenía ninguna intención de levantar el pie.

Vomitar todas las semanas

Mi motivación para la temporada entrante era altísima. Estaba cerca de conseguir mi objetivo y, además, mi ídolo local y récord de Euskadi de 100 metros iba a ser mi entrenador.

¿Iba a tener que compaginar estos entrenamientos con el trabajo de ingeniería?

No es que no me preocupase, es que ni se me pasaba por la cabeza que fuera algo que me impidiese conseguir mis objetivos.

Desde septiembre hasta mayo mi rutina semanal tenía esta pinta:

  • Trabajar de 9 a 18:00 (si no había entrega y me tenía que quedar a currar cagándome en todo internamente).

  • Entrenar de 19:00 a 22:00, cuando literalmente apagaban las luces de la pista y me echaban del polideportivo.

  • Los domingos colapsaba en el sofá.

Todo bien aderezado con aproximadamente una potita semanal post entreno láctico.

¿Descansar en vacaciones?
Nah… mejor irse de ruta por Jordania, Israel y Palestina a vivir aventuras.

7 cm de agujero

No llegué a julio (a fin de temporada).

Bueno, en realidad sí llegué, pero no en el estado que hubiese deseado.

En Mayo en una de las primeras competiciones importantes, cuando estábamos bajando cargas de entrenamiento y tocaba empezar a volar… partí el isquio con una rotura en cremallera de 7 cm.

Llorando tirado en el suelo en meta, decía… “creo que es una contractura fuerte”.

Pues me entreno yo

Esta lesión fue la más fuerte (y última) de una saga de lesiones de isquio que empezó años atrás y al que parecía haberle cogido gusto y hacerle una o dos visitas por temporada.

Y mi frustración y dudas hacia la forma de entrenar se acumulaba en proporción a estas lesiones.

Sorprendentemente para mi yo de entonces, cuantas más dudas y preguntas acumulaba, menos respuestas encontraba en los entrenadores y profesionales que tenía a mi alrededor.

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