¿Es que no me escucháis?
Un niño orbitando nuestra atención, una madre ausente y el difícil equilibrio entre cuidar a mi hija sin cerrar el corazón al mundo.
Lo del otro día en el parque fue impresionante.
No por poco habitual.
Sí por su claridad.
Estaba jugando y disfrutando de ver jugar a mi hija cuando un niño que le dobla la edad ha entrado en nuestro radar.
De la misma, me dio la sensación, de que podía ser un niño de esos en fase de pico de testosterona que se tiran de cabeza por cualquier sitio,
o de uno de esos sin ningún límite,
o de los dos…
La que parecía ser la madre, sentada en un banco mirando de reojo.
El niño, haciendo de rozar límites su manera de funcionar.
Ya sabes, juego pero paso un poco demasiado cerca de la niña pequeña, paso por al lado pero rozo el empujón, espero mi turno pero me cuelo con ligera brusquedad por delante de la niña que se toma su tiempo…
La madre observando, tímidamente diciendo algo al estilo de “cuidado con la pequeña”.
Ya me ha asomado un impulso en mi cogote de “le arranco la cabeza a este niño”.
Lo veo.
Le doy el beneficio de la duda.
Les doy, en realidad.
Pero estoy atento.
Mi atención puesta en que respete los límites de mi hija, mientras mantengo, cual malabarista, el flow y conexión que tengo ahora con mi hija.
El niño, sigue rozando límites, y diría que también escalando.
O al menos, sus roces se han fijado en nosotros.
Invito con mi mirada a la madre, a 10-15 metros de mi, sentada en un banco.
No dice ni hace nada.
Se tira del tobogán,
va mi hija ahora,
se le intenta adelantar…
Miro como estoy,
tengo los pies bien plantados en el suelo
estoy tranquilo,
primer límite: “espera a que suba ella”.
Lo respeta,
pero no tarda en reengancharse.
Ahora ha pasado a copiar todo lo que a mi hija espontáneamente se le ocurre hacer, orbita a mi hija, nos orbita, adelantando y rodeando con su energía saltimbanqui semiempujadora.
A la madre ni la noto.
Ya voy viendo lo que pasa.
Nos da conversación apuntando a un telescopio de juguete montado en la estructura del parque:
“Tengo una pistola”
“Pistola” repite mi hija diciendo esa palabra por primera vez.
Me mira, conectamos y entramos en nuestro típico bucle de risas y chorradas:
Pistola
Pistoli
Pssst
Juajajaja
Prrrt.
Juajuajajaja
Pisssti.
Jajuajuajauaja
Me maravillan sus preciosas carcajaditas con las que entro en bucle, me descojono y entramos en resonancia.
De las mejores cosas de la vida.
El niño, sigue ahí, como ruido de fondo, repitiendo, intentando interrumpir y ser parte:
“Así no se dice”
“Así no se dice”
…
Ya lo veo claro, quiere mi atención.
Creo que puedo ver a la madre de reojo, ausente (o presente en el móvil).
Un clásico.
Yo, a lo mío.
Un “nosotros lo decimos así” juguetón para validar la espontaneidad de mi hija,
mientras sigo haciendo malabares para no salirme de esa conexión tan bonita.
No parece que consiga cambiar la dinámica en la que el niño quiere entrar.
Sigue buscando otros huecos.
No se me ocurre qué más decir o hacer,
quiero priorizar la conexión padre-hija y enseñarle a través de mi ejemplo a cuidar esto.
Siguiente prueba: paso a ignorar las palabras del niño.
De fondo se oye un “¿es que no me escucháis?” que pega bastante duro.
Sigo ignorando.
Me siento mal, y empiezo a darme cuenta de que no es por ahí.
Recuerdo la imagen de unas madres dándole la espalda a mi hija un día de parque en la que esta preciosidad fue a pedirles un patinete (o el bocata, qué sé yo ya XD).
Entendí que no sabían decirlo de manera asertiva, que tal vez estaban cansados, que pudieron saltar a conclusiones precipitadas que les hicieron actuar injustamente… pero no me gustó. Es más, desprecié el ambiente de rechazo que unos adultos generaron hacia una niña de un año por no saber decir con compasión “no, no te voy a dejar eso ahora”.
Tal vez, hice un poco parecido.
No solo ignoré sus palabras.
Me puse en un lugar interno parecido.
Con (a falta de una mejor palabra para describirlo) una energía que cierra el bucle entre mi hija y yo.
Sin apertura hacia el ni a nada externo.
Aunque claro, siendo justo conmigo mismo, la madre estaba ausente y yo estaba conscientemente iterando en la manera de cultivar la conexión con mi hija, mantener apertura a otros y al mismo tiempo cuidarla.
Ahora corremos libres por el parque.
Y, cómo no, el niño detrás copiando, orbitando y empujarrozando.
Dudo.
Esto no es sano y no parece que pueda cambiarlo.
Le propongo a mi hija marcharnos, no parece muy sano seguir.
Pero ella tiene ganas de columpio y le damos un último intento.
El niño, claro, se ha presentando delante y ha dicho que quería los tres que estaban libres.
De la madre ya me he olvidado.
Uso el trucazo de darle a elegir: “elige uno”
“Este”, ha dicho.
“Vale, pues nosotros este”
Yo contento, no ha elegido el que más nos gusta.
3,2,1…0 el lanzamiento del columpio he empezado y mi hija y yo nos hemos puesto de nuevo a descojonarnos juntos, con nuestros habituales saltos, amagos de patadas en el culo y otro inmenso arsenal de tonterías absurdas con las que tan bien nos lo pasamos.
El niño al lado, buscando mi mirada, que le haga caso y repitiendo, con un tono cada vez más desesperado: “¿es que no me escucháis?”
No deja de pegar duro.
“Estoy jugando con ella” le respondo tranquilo y asertivo.
Ni rastro de la madre…
De repente un señor random,
con una vibra amable se ha acercado al niño.
Por lo que escucho, no parece que se conozcan y saltan mis alarmas.
Pero no siento nada asqueroso en el hombre.
No sé por qué estoy tranquilo.
Y le acaba de sacar una sonrisa al niño jugando con él.
Me da alivio.
Mi hija y yo acabamos de jugar y nos vamos.
Me voy contento por la sonrisa del niño.
Me voy orgulloso por haber hecho lo mejor posible por mostrado a mi hija, con mi presencia, una manera sana de relacionarse en una situación difícil.
Me voy pensativo en la tragedia humana y social de ese niño que un día se convertirá en adulto.


