De aguantar el dolor a saborearlo, lo que cambió todo.
Llevaba ya diez años creyendo estar practicándolo. Y resulta que lo estaba haciendo de manera superficial.
Antes, solucionaba todo a base de pelotas.
Me dolía algo, aguantaba
Algo emocionalmente incómodo se me cruzaba, lo ignoraba, apretaba y seguía.
Excepto las ocasiones en las que la inconmensurable fuerza de la vida desbordaba algún punto de mi sistema y entraba en fallo global (1, 2).
Este AJA en concreto me vino en un momento así,
cuando nació mi hija.
y las circunstancias me empujaron a cambiar la manera de gestionar mis emociones y sensaciones.
Eran los primeros meses de mi permiso de paternidad,
estaba haciendo ejercicio
ya sentía que mi relación con él estaba cambiando de nuevo y estaba saliendo de la posición central que habia ocupado durante dos décadas.
Este día en concreto, aprovechando un rato al aire libre, pies en la hierba y sol de mañana en la espalda, estaba probando la postura del caballo.
Llevaba unos días probando y a duras penas conseguía aguantar un par de minutos que se hacían agónicos.
Agotado de dormir poco y de apensas tener el espacio personal que tan importante había sido para regularme, mi SN estaba frito y no podía funcionar como estaba acostumbrado.
Entonces me di cuenta.
Así no iba a poder sostener los 5 minutos que casi aleatoriamente me había propuesto aguantar en la pose del caballo.
Ese fue el momento.
Me di cuenta, que aguantaba el dolor.
Que, de hecho, siempre lo había hecho.
Años de proyectos apasionantes y exigentes sacados adelante contraído, de series de atletismo apretando y explotando en los últimos metros de un 400m…
En modo pelea por la vida.
Y ya no podía seguir así.
No tanto por elección iluminada.
O sí, pero motivada con una rendición forzada por la vida.
Así fue que un patrón que llevaría ahí al menos 20 años se rompió.
O lo paré.
Yo qué sé.
Recordé una frase de un sabio señor que hablaba de hacer tuyo el dolor.
Y fué entonces cuando me di cuenta de lo que realmente significaba ese “sentir las emociones” que tanto había escuchado.
Llevaba ya diez años creyendo estar practicando eso. Y resulta que lo estaba haciendo de manera superficial. O al menos, no tan profundo como se puede.
Después de que ignorar las emociones y sensaciones difíciles dejó de ser sostenible, pasé a una fase en la que les prestaba más atención.
Esa fase dió lugar a un Urtats que escaneaba su cuerpo, reconocía sensaciones y emociones e intentaba interpretar que lé querían decir.
Pero, la interpretación seguía siendo en muchos casos analítica:
El dolor en mi isquio significaba que mi movilidad de cadera hoy no está bien. Solución: movilizo, lo suelto y ya estoy en mi sitio.
El enfado puede significar que alguien ha rebasado un límite personal. Solución: lo reflexiono y veo si necesito ajustar algo.
Más información considerada, pero con un mecanismo de resolución muy parecido al de siempre: análisis y acción.
Ahora, era diferente.
El paradigma cambiaba.
Ya no gestionaba el dolor para que desapareciese.
Me quedaba dentro y lo saboreaba.
Notar dónde está,
si se mueve,
intentar describirlo,
si tiene color,
si lo he sentido antes,
si es punzante, quema o es eléctrico…
¿Puedo encontrar alguna parte placentera en ese dolor?
Fué así como sostuve la postura del caballo durante ~7 min.
Y eso fue suficiente para entenderlo en mis huesos.
Desde entonces, he ido poco a poco ampliando el tiempo y los lugares en los que he aplicado esta manera de hacer.
Y poco a poco, al estar cómodo conmigo mismo, reacciono menos.
Y al no reaccionar,
los que se alimentan de ello dejan de tener donde apoyarse
y los que están disponibles tienen un espacio donde la escucha y conexión profunda pueden emerger.
Al mismo tiempo que se expande mi capacidad de estar en paz conmigo mismo con independencia a lo que pase fuera.
Todo esto… a cambio de sentir lo difícil.


