Cuando lo que llamamos inteligencia deja de ser escasa.
El otro experimento de la IA, creencias que ya toca que mueran y lo que puede ocurrir el cuando esto ocurra.
Hoy estoy optimista con la IA.
No porque crea que la automatización nos hará libres, nos dará más tiempo o porque las máquinas harán por nosotros el trabajo gordo que nos descargue de tareas ofreciéndonos la posibilidad de una vida contemplativa.
Ojalá.
Pero Keynes—y hablo de él con gran respeto intelectual— ya anticipó en 1930 que, gracias a la automatización, podríamos acabar trabajando 15 horas a la semana para 2030.
Y no ocurrió.
Las decisiones políticas que podrían haberlo hecho posible no llegaron y la inercia del sistema capitalista siguió empujando hacia crear una abundancia de opciones materiales particulares mientras seguimos atascados en trabajar las (como poco) 8 horas diarias de la lógica industrial que divide el día en 3 turnos de trabajo.
Y hoy, no hay ningún indicio que (pese a las buenas palabras e intenciones de algunos expertos) me diga que no seguiremos haciendo lo mismo que hasta ahora:
Ser animales cada vez más eficientes y “productivos” sin necesariamente obtener mayor bienestar.
Pero… y creo que es un buen pero, hay otro conjunto de mecanismos propulsores que, en parte por su independencia de las decisiones políticas que decidamos implementar, y por su independencia de los sistemas económicos que motivan muchas de nuestras acciones, veo que podrían llegar a generar un cambio cultural profundo hacia poner en mayor valor al ser humano.
Hablo de un cambio de paradigma sobre nuestro entendimiento de lo que es la inteligencia, y las implicaciones que ello podría tener en nuestro día a día.
Y aquí es donde entra el otro experimento que es la IA.
No el experimento tecnológico con todas las nuevas posibilidades y funcionalidades que la IA ya nos está empezando a ofrecer.
Sino el experimento que la propia IA es como exploración sobre la naturaleza y nuestras creencias sobre lo que es la inteligencia.
¿Cuánto de excepcionalidad es realmente un tipo de inteligencia que puede ser simulada y escalada simplemente usando muchos datos, una red gigante de sumas, restas y multiplicaciones —lo que es, en esencia, un modelo matemático simplificado de una red neuronal— y gran capacidad de computación y memoria?
¿En qué posición quedará el tipo de inteligencia que la IA es capaz de imitar cuando se vuelva (como ya lo está empezando a ser) accesible para cualquiera con un móvil?
Hay algunos, incluyendo a creadores top de algunas de estas IAs, que están asustados:
“¿No será que este bicho que estamos creando sea más listo que nosotros?”
Y no me extraña que lo estén.
No porque crea que la IA vaya a suplantarnos o algo así, eso está por ver XD.
Sino porque, cuando la inteligencia se relaciona con eso que se puede medir en métricas como el IQ, las notas académicas, los títulos universitarios, la habilidad de crear tecnologías revolucionarias, de ganar dinero, de tener muchos conocimientos…
Cuando tu propio perfil cognitivo es bueno en este mismo tipo de inteligencia y estás entrenando a un bicho que ves que cada vez es mejor que tú…
Normal que estés cagado.
Y voy un paso más allá.
Me parece lógico que la mayoría de nosotros estemos cagados.
Hoy en día es una creencia normalizada y arraigada, consciente o inconsciente, que la inteligencia lógico-matemática, la razón estructurada, la resolución de problemas al estilo ingenieril y ese conjunto de maneras de hacer sean sinónimo de inteligencia.
Y no es difícil ver algunos posibles porqués.
Durante mucho tiempo fueron cualidades relativamente escasas y extremadamente valiosas para la transformación tecnológica que hemos vivido y seguimos viviendo.
Nuestros sistemas económicos, además, siguen también una lógica muy parecida, donde miden su rendimiento y funcionan en base a métricas inevitablemente reduccionistas como el PIB, con las que se valoran conceptos tan subjetivos como la riqueza y el bienestar y se decide al respecto.
O porque a nuestra razón, en una irónica, egocéntrica y casi cómica circularidad, le encanta pensar que las cualidades que ella misma es capaz de nombrar son sinónimo de inteligencia.
Tres conjuntos de ideas y sistemas que se llevan muy bien entre sí.
Reforzándose,
cerrándose en sí mismas y autoprotegiéndose para crear una burbuja de creencias y maneras de hacer que no dejan espacio a otros posibles paradigmas.
Por suerte para mí, estoy tranquilo.
Contento diría.
En parte por esa locura particular que me hace sentir una especie de euforia cuando veo que sistemas viejos y obsoletos pueden colapsar.
Preludio de posibles transformaciones, posiblemente dolorosas pero al mismo tiempo fascinantes, que puedan abrir un panorama relacional totalmente diferente.
Un mundo en el que, al igual que ocurre con la comida, el agua, la electricidad, el gas, el móvil y otros tantos servicios ultra valiosos… la inteligencia que hemos aprendido a medir y simular se naturalice y se empiece a dar por sentada por su omnipresencia.
Una (casi literalmente) desgracia que pueda tener su contrapartida positiva en dirigir nuestra atención a otras cualidades que hace tiempo merecían ser mejor valoradas.
Donde aspectos como la inteligencia relacional, la conexión entre seres humanos, la capacidad de hacer buenas preguntas, la inteligencia emocional, la social y la creatividad (no en el sentido de ser imaginativos) pudiesen empezar a brillar cuando lo que le hace sombra toma su lugar.
O quién sabe. Tal vez soy demasiado optimista y estemos ante una nueva paradoja de Jevons: que al hacer estas capacidades cognitivas infinitamente más accesibles no dejemos de valorarlas, sino que simplemente las utilicemos más que nunca para hacer más de lo mismo, más rápido y más fácil.
Sea como sea, vienen tiempos emocionantes.
Un abrazo.
Urtats


